Identidades digitales: hacia una democracia transparente y participativa

La identificación digital en Internet es un proceso sencillo y transparente. El usuario solo debe instalar en su navegador un certificado digital, como el que contiene el Documento Nacional de Identidad. Una vez instalado las posibilidades de uso son ilimitadas.

Las plataformas que recogen firmas electrónicas para crear peticiones como change.org ejercen una presión social indiscutible pero podrían mejorar su repercusión si recogieran firmas con certificado digital. Seamos críticos, la hazaña de reunir un gran número de “firmas” no es más que un ejercicio colectivo de apaciguamiento de rebeldía con poca credibilidad y en consecuencia poca eficacia. Un usuario cualquiera puede crear una petición en change.org, hacerlo por ejemplo en nombre de Groucho Marx y después ser el primero en firmarla como Harpo.

Las soluciones a problemas complejos como los propuestos en estas plataformas no se encuentran simplemente en una recogida de firmas. La ciudadanía debería ir más allá y exigir herramientas integradas de propuesta de ideas, discusión, votación y difusión, para las cuales el certificado digital juega un papel fundamental.

En el contexto de elecciones democráticas el uso de certificado digital es muy interesante, la participación en sufragios mejoraría si se permitiese votar por Internet. A día de hoy ya empiezan a emerger propuestas de democracia participativa electrónica muy actractivas: los partidos que gobiernan podrían poner a disposición de los electores la posibilidad de incidir en sus decisiones políticas a través de Internet. Para votar cuestiones más complejas el elector tendría la posibilidad de delegar su voto electrónicamente en grupos de confianza afines. Por ejemplo, un elector que no esté familiarizado con la temática de las energías renovables podría delegar su voto en un grupo ecologista de confianza para todas las decisiones sobre este tema. El resultado sería una democracia transparente y participativa a golpe de clic desde el salón de casa.

Las iniciativas legislativas populares (ILP) son otro caso de uso del certificado digital. Las ILP son peticiones personales, avaladas por firmas, que pretenden que un asunto público sea tomado en consideración por los políticos. En Cataluña, por ejemplo, se necesitaron muchos meses para recoger 600.000 firmas y prohibir las corridas de toros; con el uso de los certificados digitales y de las redes sociales esto se habría conseguido en pocos días y sin apenas organización.

Una plataforma de class action crowdfunding, [financiación en masa de denuncias populares], podría permitir a un usuario presentar un proyecto de denuncia de interés público o privado para que luego la comunidad internauta pudiese contribuir a su coste. Los “micromecenas” del proyecto de denuncia podrían lograr un seguimiento transparente del proceso a través de la plataforma usando su certificado digital.

El hecho de que un usuario tenga la posibilidad de identificarse puntualmente no implica que el control sobre el usuario sea mayor. El certificado digital en el navegador se puede habilitar y deshabilitar garantizando la identificación y el anonimato en las comunicaciones, dos cualidades que todo internauta debería poder tener acceso.

Es evidente que todas estas ventajas conllevan nuevos retos y problemas. La seguridad informática es un tema muy delicado que con el auge de las comunicaciones basadas en certificados digitales tendrá que mejorar. Robos o falsificación de identidades, coacción o compra del voto o de la firma son potencialmente algunos de los problemas que no deberían impedir el auge de nuevas aplicaciones.

La evolución de Internet ha consistido en una sucesión de eventos que ha posibilitado otros. Con el aumento de los sitios web llegaron los buscadores, con el del ancho de banda se fomentaron los intercambios multimedia, y las redes sociales emergieron cuando un gran número de personas dispusieron de acceso a Internet. Las condiciones para lograr una red en la que los usuarios puedan identificarse puntualmente ya se han cumplido, solo queda instalar el certificado electrónico en nuestro navegador. Hagámoslo por las aplicaciones aquí presentadas y por todas aquellas que están por llegar.

Artículo originalmente publicado en Piratas de la Ciencia